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Segundo domingo de Adviento

5 diciembre, 2020

«Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén»

“Consolar” es un verbo activo que viene del latín CONSOLARI: CON, junto, más SOLARI, reconfortar, aliviar, suavizar; además nos evoca al Espíritu Consolador, como el único y verdadero (CON+SOLO), desde el cual se despliega todo gesto y actitud de consolación.

La primera lectura de Isaías empieza invitándonos y convocándonos de parte de Dios a este movimiento de salida hacia el otro, la otra; poniéndonos en actitud de consolar hablando al corazón – desde donde emerge la verdadera vida-, para tomar conciencia de que la liberación ha llegado, es un hecho, ya se está dando y es verdad. El Evangelio nos lo pone en perspectiva resituándolo en la preparación del camino del Señor, enderezando sus senderos.

«En el desierto preparadle un camino al Señor»

Una chica que vino a casa rescatada de una red de trata en una casa de prostitución, después de largos meses de intentos para una ‘vida integrada’- la mayor parte de ellos fracasados -, me decía: “Sabes, es fácil sacar las personas del lodo; difícil es sacar el lodo de las personas”.

A cuantos desiertos nos sentimos invitadas y convocadas, para consolar, acompañar, desvelar sentido, significado y Presencia de ese Espíritu Consolador que viene, que ya está… en el grito de tantas vidas rotas, explotadas, heridas, destrozadas… en tantos gestos frágiles de acogida, cuidado, caricia, compasión, que persisten y no abandonan, confiados en la Promesa de que “se revelará la gloria del Señor” – herido y sanador – que sostiene y precede a los unos y a los otros.

                         Hna. Maria Martinha Silva

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