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Reflexión de sábado santo

16 abril, 2022

Ha amanecido muy temprano en Cinkasse, y aun la luz del sol no se deja ver entre el polvo blanquecino que cubre el cielo. Corre una leve brisa, aunque el calor ya comienza a dejarse sentir y la tierra y el polvo de los caminos sin asfaltar, comienza a colarse por las ventanas. Los animales ya andan por la calle, cerdos, ovejas, cabras, gallinas… la vida se pone en movimiento.

Es sábado Santo, y no puedo evitar sentir un extraño silencio y un vacío, porque el Señor no está, y la ausencia de quien amas, desfigura y entristece la vida, y te hace incapaz de ver más allá de la realidad que tienes delante.

Esa soledad  de la anciana  que ya no puede caminar, desgastada por la dureza del clima y el trabajo de toda una vida, que puedo palpar cada vez que le llevo la comunión. El dolor de la madre que ha perdido a su hijo por no poder seguir pagando las medicinas, o porque sencillamente no se puede saber cuál es su enfermedad.  El desconsuelo de los padres que pierden a sus hijos en la carretera, una carretera sumamente peligrosa. La resignación del niño que muy temprano se pone en camino, no para ir al colegio, sino para cargar los instrumentos del oficio que está aprendiendo, con tan sólo 12 ó 13 años. La tristeza de la joven que ve truncada su vida, al tener que aceptar casarse cuando y con quien no ha elegido. La pequeña que entre juegos, ya carga sobre su pequeña cabecita el balde de agua para llevar a su casa, después de recorrer un largo camino….

Vivo en  medio de una realidad que no siempre entiendo, que no siempre acojo, y que se me hace dura muchas veces. Pero es en esta realidad, en este silencio de sábado Santo, donde me es inevitable hacer memoria de las Palabras del Señor: “Bienaventurados los pobres, los que lloran, los perseguidos… porque ellos alcanzarán misericordia”.

Me es inevitable imaginar la sonrisa del Señor ante los niños que se le acercaban, sus gestos de acogida ante los  que le buscaban, su paciencia ante los que no entendían, y sus lágrimas ante el dolor y la pérdida del amigo.

Y resuena en mi corazón las palabras a sus discípulos. ¿Por qué te turbas? ¿Por qué hay dudas en tu corazón? En el lavatorio de los pies, hace dos días, nos decía: ¿comprendes lo que he hecho contigo?, que no se turbe tu corazón… porque yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Sábado Santo, silencio, ausencia, pérdida, vacío, pero en todas estas palabras, cargadas de dolor, puedo sentir en lo más profundo de mi corazón, que el silencio se convertirá en cantos de alegría, la ausencia, en presencia reconfortante y gozosa, la perdida, en encuentro cálido y fraterno.

Un sábado Santo más que me hace pararme delante de la realidad que vivo, en silencio, acogiendo con sencillez, contemplando con esperanza, porque sé, que la muerte, no tiene la última palabra, porque sé,  que el Señor está, y que su Palabra se cumplirá y lo colmará todo de sentido.

Cristina Olmedilla

 


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